Es desesperante. No triste. Desesperante. Vivir con la cabeza gritándome que termine, que descanse, que me mate. Depresión clavada en el pecho y con un filo en mi mano, mientras en mis brazos corre sangre. Es desesperante. Desesperante querer un alivio, inmediato. Un alivio, por favor, ya no lo aguanto. Es desesperante. Desesperante no ver salida y que la medicación solo duerma la herida. Es desesperante. Desesperante vivir así y que nadie lo entienda. Porque lo que se necesita es simple: amor, cariño, un abrazo real. Pero solo llegan pastillas, unas verdes, otras blancas, violetas. Gotitas que anestecian el impulso, y un trato distante, ajeno, como si sentir tan hondo nos volviera irreal. Como si dolor tan amargo no fuera humano, sino un error más.
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