De seis a doce la noche cambiaba de forma. No el lugar, no las paredes, sino el modo en que la vida respira. Mientras todo parecía cerrado, amargo y áspero, vos abrías un espacio. Una silla, una escucha. Nos escuchabas a todas, como si cada historia importara lo suficiente como para quedarse. Y en ese quedarse, había algo parecido al amor. Un día te dije todo. Lo que dolía, lo que pesaba, Me dijiste que afuera yo tenía de dónde agarrarme. Que había vida esperándome del otro lado del CIP, cosas, personas, caminos que no todas tenían. Sin darte cuenta, me acomodaste la mirada. No cambiaste mi historia, pero me mostraste que no estaba terminada. Yo me sentía un desastre: el pelo seco, la cara cansada, el cuerpo vencido, la sensación de dar asco hasta a mí misma. Y sin embargo vos no viste eso. O sí, pero no fue lo que elegiste mirar. No hubo desagrado, ni distancia, ni gesto de rechazo. Había ternura. Y eso todavía me desconcierta. ¿Cómo se trata tan bien a alguien cuando está tan mal? ¿Cómo en un mundo tan frío hay personas tan cálidas? Tal vez nunca sepas todo lo que hiciste. Pero en ese turno vespertino fuiste la razón por la que creí, aunque sea un poco, que seguir era posible.
No comments at this point, please be the first to comment on this post.