El pasillo era largo, el vidrio también. Un ventanal enorme, como si el mundo estuviera ahí solo para ser visto, no tocado. Era la única vista. La única señal de que la vida seguía, mientras nosotras, suspendidas en el tiempo, la vemos pasar. ¿Cómo nos verán desde afuera? ¿Cómo llegué a este lugar? ¿Qué me pasó? Sola. Vacío. No tristeza. Todo en mí apagado, y la medicación pesada cerrándome los párpados, como una orden de descanso que yo no había firmado. Dormir sin querer, existir sin estar. Con miedo, despeinada, y con marcas de un control que no dejaba entrar filos. No era solo la imagen, era la vergüenza de ser vista cuando ya no era yo. Hubiera sido más fácil nunca haber nacido, nunca ocupar este lugar, nunca causar tanta angustia. Del otro lado del vidrio la gente caminaba, cargando sus días vivos sin saber que estabamos mirando. Y nosotras, aprendiendo a mirar sin tocar. Mirando la vida como algo ajeno, como algo que ocurre del otro lado. El ventanal no se abría. Solo reflejaba. Y en ese reflejo quedé yo, preguntándome en silencio cómo se llega a este punto y si alguna vez se vuelve del todo atrás.
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