Mi alma está sepultada bajo una angustia incesante; presiento mi final como un mero número, una cifra que se disuelve en el olvido sin dejar una sola marca en el mundo. Observo las noticias y veo a tantos jóvenes que desaparecen en la cotidianidad, y esa sombra de la estadística me acecha, como una fantasma que no me deja en paz. El terror me envuelve al pensar que podría ser uno más, otra alma perdida que se suma a esa lista interminable. En el fondo, siento cómo mi familia quedará atrapada en la desesperación, buscándome sin cesar, sin saber nada de mí, desperdiciando todos sus recursos en una búsqueda que parece condenada al fracaso, aferrándose a un hilo de esperanza que se deshilacha con cada día que pasa. Me paraliza la idea de salir un día de la universidad. Tomar el camino a casa y simplemente desaparecer. Me consume la posibilidad de quedar con vida sufriendo en un abismo de incertidumbre, un vacío donde cada año dedicado a forjar mi camino desaparece en un instante, dejando solo un eco de lo que pudo ser. Me aterra imaginar que seguiría existiendo en un limbo de agonía, consciente del sufrimiento de mi familia. Ser una mera sombra, uno más que se evaporó, que perdió todo. Confieso que preferiría enfrentar la muerte a ser solo un espectro, otro que perdio su vida, su familia y sus sueños. Ruego que, si algún día no regreso, mi familia me considere muerto. Que encuentren paz, creyendo que mi final fue sereno, aunque en realidad siga vagando, atrapado en una existencia oscura, sin propósito ni esperanza.
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