Yo puedo sola, me lo digo otra vez, cuando el cansancio me dobla la piel, no necesito a nadie, repito sin fe, como un mantra que intento sostener. “No necesito a nadie”, vuelve a sonar, aunque el silencio me quiera quebrar, aunque en la noche empiece a pesar todo lo que intento ignorar. Quieren cambiar eso en mí, dicen que no es bueno vivir así, y entonces llegan, me hacen sentir que tal vez no es tan bueno seguir así. Se muestran suaves, saben cuidar, parecen quedarse, parecen estar, me hacen creer que puedo soltar este escudo que no quiero bajar. Pero fallan, siempre es igual, un día son todo, al otro se van, sin despedidas, sin explicar, como si nunca hubiera sido real. Y yo me quedo esperando ese “alguien”, ese que dicen que sí puede ser, pero en la espera lo vuelvo a entender: no hay nadie viniendo a sostener. Entonces respiro, vuelvo a empezar, junto mis partes, me vuelvo a armar, y aunque a veces me duela aceptar: yo puedo sola, no necesito a nadie más.