Gotitas rojas corren por mi brazo, piden en silencio un tibio abrazo. Caen al suelo cerrando el trazo, dibujan un círculo breve y escaso. Se coagula el pulso, se vuelve espeso, como yo en la exigencia que nunca confieso. Quiero que el dolor no sea secreto, que tenga forma, que sea concreto. No busco abismo ni despedida, solo que alguien mire lo que me anida. Tengo que ver blanco antes que rojo, antes de hundirme en mi propio despojo. Odio las marcas que luego contemplo, pero aquietan un segundo lo que llevo dentro. Y quedo atrapada en ese vaivén, entre lo que me hiere y me sostiene también.
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