Compré un conejito blanco, pequeño y tibio al tacto, 490 pesos exactos, por un latido intacto. Cabía dentro de mi mano, como un secreto liviano, una esperanza diminuta que yo quería a mi lado. Le hice una casa extraña, una pecera callada, quizás porque a veces el alma también vive sumergida en agua. Yo prometí cuidarlo, cuidarlo del mundo brusco, darle paz y armonía para verlo crecer seguro. Hasta que una torpeza ajena, pesada y completamente ciega, aplastó lo frágil que era sin entender lo que quiebra. Se hizo pequeño de golpe, del tamaño de una herida, como esa esperanza mínima que a veces sostiene mi vida. “Que te pague quinientos”, dijeron, como si el dolor fuera un recibo, pero hay cosas que no vuelven cuando el corazón ya fue partido. No era el precio ni el número, ni el dinero en la mano, era algo blanco y pequeño que yo quería a salvo. Y me quedé con la tristeza como un eco suspendido, con la culpa de no haber podido cuidar lo que más he querido.

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