A veces me pregunto si el problema soy yo. Esta historia se ha repetido tantas veces que la única constante entre tanto caos es mi propia sombra. Solo deseo algo real, un refugio acogedor y duradero; pero me traiciono a mí mismo ilusionándome a una velocidad suicida. Sin darme cuenta, me arrojo de cabeza al abismo de personas que no valen el riesgo, dejándome embriagar por el espejismo de un primer día: por la forma en que me miró, por cómo entrelazó su mano con la mía o por ese beso fugaz que, por un segundo, me hizo creer que el universo entero cabía en mi pecho. Pero, como en cada capítulo de mi vida, fui el único que se atrevió a sentir. Volví a quedar ahí, expuesto y humillado; un tonto que en una semana es capaz de soñar una vida entera, solo para que se desvanezca en cuestión de horas. Es devastador ver cómo mi lugar en esas historias es reemplazado tan rápido, con la facilidad con la que se cambia una máscara: otra cara, otro nombre, el mismo olvido. Ya ni siquiera me sorprende; la decepción se ha vuelto el latido constante de mi existencia. Me enamoro y me abandonan. Vi venir el final en el silencio que crecía entre sus mensajes, en la frialdad de unos labios que cada vez me buscaban menos. Y aunque el naufragio era evidente, no tuve el valor de nadar hacia la orilla; me hundí más profundo, perdiéndolo todo en el proceso, incluso la poca esencia que me quedaba. Es irónico, casi gracioso: cada vez mis ojos están más secos. Pero este vacío en mi pecho no deja de expandirse. Sé que llegará el día en que caiga en él de una vez por todas para encontrar la paz de no sentir nada, logrando al fin el silencio, donde no quede rastro de esta farsa que insisten en llamar amor.

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