Hoy me dijo —qué raro— que no salí mejor de aquel lugar, como si el encierro cerrado pudiera enseñarme a respirar. ¿Cómo iba a curarme un sitio hecho de control? ¿Cómo iba a salvarme donde faltaba el calor? Paredes blancas, luces frías, reglas duras, sin compasión, cuerpos quietos, manos vacías, protocolos sin corazón. Si caes porque ya no quieres seguir viviendo un día más, no esperes que allí te esperen con esperanza o algo de paz. No hay promesas en sus pasillos, ni un gesto tierno al despertar, solo órdenes, solo cuchillos de indiferencia al mirar. En vez de abrazo, inyectables, en vez de oírte, medicar, si el dolor se vuelve inestable, te amarran para callar. Y preguntan luego —sorprendidos— por qué no lograste mejorar, si allí los sueños quedan heridos y la esperanza deja de entrar. No, no era un lugar que sana, no era un sitio para crecer, era una jaula que comprime el alma hasta que deja de creer.
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